01 mayo 2018

Desaliñado.

Que por qué ando tan desaliñado,
me preguntan.
Que por qué no me corto el pelo,
(ya manifiestamente largo).
Que por qué me he dejado crecer
mi ya nívea barba.

¿Por qué anda tan desaliñado?,
me preguntan.

Yo no les respondo.
No les respondo nada.

¿Cómo no logran darse cuenta,
me pregunto,
que lo que en verdad llevo desaliñado
es el alma?

01 marzo 2018

Dulce y amargo.

Hoy es un día extraño.
Un día dulce y un día amargo,
ambos a la vez.

Amargo, amargo como el bíblico ajenjo,
tan amargo como el proverbial natre.
Amargo, porque hoy se cumplen 90 días desde que murió,
90 días que llevo viviendo sobreviviendo sin ella.


Mi Negrita, mi Rossana.
No era cosa simple vivir sin tí. Te lo dije.
Pensabas que para mí sería fácil,
que me acostumbraría pronto, 
que encontraría a otra,
tan fácil como encontrar un par de calcetas limpias.
Olvidaste que yo nunca las encontraba,

ni aún dentro de la gaveta,
y que debías venir tú y dármelas,
al tiempo que reclamabas por lo inútiles que somos los hombres,
(padre e hijo), tus hombres.

Te dije que no quería seguir, mi cielo,

viviendo cuando no estuvieras. Te lo dije tantas veces.


Y bien que lo creíste.
Creo que por eso me hiciste prometer que no dejaría solo a nuestro hijo.
Como si fuera un niño, que necesita cuidado y vigilancia.

como si no fuera ya un hombre,
que siente ahora la responsabilidad de preocuparse por mí,
y cuidarme, más de lo que yo puedo cuidar de él.
Pero está bien.
Tenías razón, dejarlo solo, y prácticamente los dos juntos,

casi al mismo tiempo, no habría sido bueno.
En modo alguno.


Un día amargo, en el que reflexiono en estas cosas.


Mas, es también un día que sabe dulce,
pues hoy me llamaron del banco (maldito banco)
y me han dicho -al fin- que el seguro de desgravamen se pagó,
y que la casa es nuestra, que ya no debemos nada.
Tres meses se tomaron para eso. 90 días.

Y esto sabe dulce, a pesar que -como ciertos chocolates-
tiene un algo de amargo.
Que ese seguro funcionara, y que la casa se pagase,
era toda su esperanza.
Nunca aceptó que vendiéramos la casa,
para pagar sus operaciones o sus tratamientos,
porque decía que era su herencia, lo único que podía dejarnos.
Casi se me rompió el corazón cuando el banco,
habiendo ella ya fallecido, nos dijo que no,
que había que estudiarlo, que eso no correspondía,
que tal vez sólo cubriera una parte,
que posiblemente no cubriera nada.

Por eso es dulce este día, porque aunque mi Negrita ya no está conmigo,
al menos esta vieja casa ya es nuestra, ya tiene nuestro hijo
-como ella siempre quiso- un lugar donde vivir,
de donde nadie pueda sacarlo, como nos pasaba a nosotros,
que sólo arrendábamos.

Ah, ¿de dónde podría sacar otra mujer así?
Quiso tener una casa, luchó por eso, me hizo luchar por algo en lo que no creía.
Nos hizo ahorrar, casi al extremo.
Pasamos años en que se las ingeniaba como fuera
para darnos de comer, con lo poco que nos quedaba.
Venció su inseguridad y sus temores y se puso a trabajar,
y lo dio todo por conseguir su sueño.
Hasta que nos dieron el préstamo y compramos esta casa.
Yo no lo habría hecho.
Sin ella, nunca.
Con ella, lo hacía todo.

Y así me va ahora... que sin ella no hago ya nada.

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15 diciembre 2017

A veces...


12 diciembre 2017

Otra cosa es con guitarra (2)

Hay que ser un tanto masoquista, para volver a leer lo que se escribió un día en este blog, pero ¿qué hacer? Google me puso esta publicación delante de los ojos el día de hoy, Otra cosa es con guitarra

Una publicación de hace ya 4 años atrás. Varias cosas cambiaron desde que escribí eso, varias, y tanto así, como para que ahora mi Negrita ya no pensara en ninguna de esas razones, no tuviera ninguna duda, y decidiera finalmente que su primera preocupación, y su mayor deseo, eran el pronto morir. 

Los niños (esos sobrinos que quería como a hijos) ya son cuatro años mayores, ya los vió crecer bastante, ya los vió superar problemas y carencias, y los vió hacer cosas que pensaba no podrían. Los tuvo junto a ella, dándole tranquilidad el mayor y haciéndola reír el menor. Reír, cuando nadie más -ni yo ni otro ninguno- tenía ese poder.

Su hijo, en estos cuatro años, terminó su carrera, se tituló y comenzó a trabajar, demostrándole que sí podía hacer algo por sí mismo, que no necesitaba ya de su mamá. Además que pudo demostrarle, con palabras y con hechos, que ese amor del que dudaba(mos) (porque no parecía afectarle nada de lo que pasaba alrededor) sí existía en él. 

Y yo, su marido, cuatro años más viejo, más enfermo y quizá si más huraño, por mí mismo ya no bastaba, ya no era suficiente para mantenerla aquí. 
Yo no lo esperaba, tampoco. Ni lo hubiera querido.

¿Para qué querría yo tenerla a mi lado, como algún otro, egoístamente, si la veía a diario sufrir? 

Pero no, tampoco puedo permitir que penseis que ella sufría con esos dolores atroces que sufren tantos otros enfermos de cáncer. No. No me permitiría ella dejarles pensar así, ella que era tan amante de la justica y de la verdad. No tenía dolores inaguantables, esta vez, que requirieran morfina o cosas que le quitaran la consciencia. Y quizá si ello era lo que lo hacía más malo, pues aunque los últimos días nos pareciera que no nos escuchaba, que no sabía lo que ocurría, los hechos nos demostrarían que no era así. Sufría, con dolores físicos que algunos medicamentos a veces hacían soportables, y con dolores del alma, que nadie podía disminuir. 
Ella, una mujer activa siempre, que nunca pedía ayuda, que aún enferma, operada múltiples veces y cargando con tumores dentro, era capaz de hacer trekking y llegar primera a la cima, verse reducida a estar postrada en una cama, sin poder apenas si voltearse a un costado (a uno solo), sin poder valerse por sí misma, sin poder hablar ni comer, que apenas si podía beber un poco de agua sin vomitarla en seguida, sufría más con esas cosas que con los más fuertes dolores que muchas veces, en estos cuatro años, sí la aquejaron. 
Esas cosas no podía soportarlas, por esas cosas sí que lloraba en silencio, y por ellas me decía ahora que quería morir. 

Una sola satisfacción tengo (entre tanto dolor, rabia y sentimientos de culpa), y es que al final pudo morir como siempre había querido: En su casa y en su cama, conmigo y su hijo a su lado, sin terribles dolores ni bajo el efecto de medicamentos que le impidieran ser ella misma.
No es que haya podido decirnos algo, no, no creo estuviera consciente al expirar, pero estaba ahí.

Es el único consuelo que tengo, en el vacío y el sinsentido en que vivo ahora. 
Hay quienes me han dicho que pasará, que todo pasará y que seguiré viviendo 
(con qué ligereza lo dicen). 
Probablemente llegue a ser así algún día. Quiero suponer.
Pero no será ahora, ni próximamente, porque no sé vivir sin esta mujer que era el centro de mi vida. Todo giraba en torno a ella, y ahora ya no está. 

.

30 noviembre 2017

Mi negrita...

Sobre la cama de mi negrita, 
siempre hubo varias muñecas. 
A ella nunca le gustaron, 
pero las quería, 
las conservaba y cuidaba, 
porque eran regalos de su madre. 

Hoy, además de ésas, 
hay sobre su cama otra muñeca. 
Una muñeca apenas animada, 
doliente, desmadejada, 
cubierta de cicatrices de innúmeras operaciones. 
Una muñeca diferente a las otras,
que no es de trapo, 
que no tiene grandes ojos 
ni sonrisa encantadora. 
Una muñeca que, 
cual marioneta lleva sus hilos, 
lleva salientes de su cuerpo,
varias mangueras plásticas.   

Hoy hay otra muñeca, 
sobre esa cama, 
una muñeca morena, 
de piel seca y ajada, 
que aunque casi tan inmóvil como las otras, 
a diferencia de ellas respira y vive, 
si vivir puede llamársele 
a vegetar sufriente
...

Esto es lo último que escribí sobre mi negrita,
ayer, mientras la miraba yacente
sobre lo que fue nuestra cama,
y entonces era sólo de ella.
Quedó inconcluso.
Ayer.

Hoy, al iniciar el día, 

he vuelto a ser propietario de esa cama,
el único propietario,
pues mi negrita ya no está.
.

17 junio 2017

Con uno mismo

Cuánto tiempo sin escribir en el blog.
Como se vea, es demasiado.
Y, sin embargo, ¿qué ha cambiado?

Las cosas siguen prácticamente igual, aunque peor.
Peor, claro, porque mi negrita está más enferma cada vez, con el cáncer avanzando inexorablemente, mientras se acumulan las hojas del calendario, esperando en esa espera interminable a que algún día, quizá si por el error o la omisión de alguien, la llamen para operarla.
Yo, que no tengo fe en nada, desde hace ya más tiempo del que recuerdo, llegué en algún momento a creer que todo se arreglaría, que sería operada y podría seguir conmigo mucho tiempo más.
Pero bien veo que hice mal en renegar de mi descreimiento, que hice mal en permitirme creer que esta vez algo sería distinto, que esta vez si sería operada "en serio", de buena manera, profesionalmente, por algún médico. Hice mal, porque el golpe duele más cuando tropiezas con los ojos vendados, y no tienes tiempo de prepararte, ni de hacer nada para que lastime menos.

Cada vez su salud es más mala -o menos buena-, cada vez sus dolores se multiplican y aumentan, tanto así como para obligarla a tomar medicinas, cosa que jamás hizo, porque presumía de soportarlo todo por sí misma. Cada vez se siente más la soledad, y el frío, en el interior de mi alma (si es que algo con ese nombre aún queda dentro de mí.


Ahora recuerdo el por qué no escribía en el blog, ahora recuerdo.
Y es que yo, que todo lo soporto y todo lo aguanto, mientras no salga de mí, mientras no lo hable ni lo comparta, no puedo soportarlo cuando hablo de ello, cuando lo cuento, cuando lo digo. O cuando lo escribo.
No hay peor compañía que la de uno mismo.